"No estés lejos de mí ni un solo día, porque cómo, porque, no sé decirlo, es largo el día. Y te estaré esperando como en las estaciones cuando en alguna parte se durmieron los trenes."
Por eso vengo cada día a esta pequeña estación de tren, me siento en el banco más alejado y observo el vaivén de la gente. Me entretengo escuchando sus historias silenciosas, ésas que me cuentan casi sin querer. Otras veces soy yo el que las imagina. Había quien realmente captaba mi atención más allá de su historia, como esta pareja de enamorados. Ya me había fijado en ellos días atrás. Ella caminaba nerviosa por la estación, recorriéndola de arriba abajo. En algún momento durante su paseo me dirigió una mirada y sonrió tímida, sintiéndose observada.
Recuerdo la canción que su risa improvisó cuando él se bajó del tren, y lo mucho que costaba distinguirlos cuando se fundieron en un abrazo que gritaba que se habían echado de menos. Eso era lo que yo había estado esperando toda mi vida.
Y aquí estaban otra vez, silenciosos, pero ellos no necesitaban palabras. Una voz monótona e insensible anunció por megafonía que el tren estaba a punto de llegar. Fue entonces cuando me levanté y me fui caminando cabizbajo.
Tal vez había llegado el momento de dejar de esperar. Ellos se merecían escribir solos el final de su historia.